Cárceles de Brasil: un monstruo fuera de control donde mandan los presos

Publicado en 18 Ene 2017
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“En las cárceles brasileñas se vende de todo. Algunos presos llegan a hacer obras dentro de su celda. La situación es muy caótica y la corrupción de los agentes penitenciarios es enorme”. Habla Alba Zaluar, una antropóloga de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ), que coordinó durante años el grupo de investigación sobre violencia y narcotráfico en las favelas cariocas. “El sistema carcelario de Brasil está lleno de contradicciones. Al mismo tiempo que apuesta por un sistema represivo, es muy corrupto”, asegura.

Sus palabras parecen adaptarse como un guante a lo que ocurre en la prisión Alcaçuz de Natal, en Río Grande del Norte. El pasado fin de semana, un violento motín dejó 26 muertos, casi todos decapitados a manos del Primer Comando Capital (PCC), la principal organización criminal de São Paulo. Después de 48 horas de rebelión, el temido cuerpo de asalto de la Policía brasileña, el BOPE, seguía sin poder acceder a este centro penitenciario para retomar el control.

Hace dos años, las puertas de las celdas fueron arrancadas por los presos, que pasaron a circular libremente por los pabellones. Su poder es tan enorme que pueden impedir la entrada de agentes fuertemente armados.

La explicación para semejante impotencia de los cuerpos de seguridad de Estado es estremecedora. Hace dos años, las puertas de las celdas fueron arrancadas por los presos, que pasaron a circular libremente por los pabellones. Su poder es tan enorme que pueden impedir la entrada de agentes fuertemente armados. A pesar de que el ministro de Justicia Alexandre de Moraes insista en que el sistema carcelario de Brasil no está fuera de control, ha quedado patente que los 622.202 presos que abarrotan las prisiones del país tropical son los que realmente mandan dentro de estos recintos.

“En las cárceles de Brasil entran teléfonos móviles, una serie de productos de alimentación y de higiene personal, y varios productos comerciales como televisores o cerveza. Por supuesto entran drogas y todo lo que entra tiene un precio. Hay muchos agentes penitenciarios envueltos en este mercadeo”, señala a este periódico el profesor Gabriel Feltran, investigador del Centro de Estudios da Metropole, ligado a la Universidad de São Paulo (USP). “Los grupos criminales que están entre rejas tienen mucho poder. Por eso, el Gobierno se ve obligado a negociar con ellos”, añade.

La rebelión en la cárcel de Alcaçuz, en Natal, es tan solo el último episodio de la violencia exacerbada que se está cebando con la población carcelaria. Es un exterminio anunciado desde hace meses por criminólogos y expertos, y que empezó el primer día del año con un sangriento motín en dos prisiones de Manaos (Amazonas). En tan sólo dos semanas, las televisiones de Brasil han noticiado cuatro motines: dos en el Estado de Amazonas, con 56 víctimas mortales y cuatro, respectivamente; uno en Roraima (31 fallecidos) y este último en Río Grande del Norte. En total, casi 120 muertes y varias decenas de evasiones en diferentes Estados de la federación.

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